El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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Capítulo III

III

Ocho días después, tal y como había dicho Conrado, Everard estaba de regreso de Maguncia, tras haber recorrido en una semana una parte mayor de su país de lo que había hecho en toda su vida. Según su costumbre, antes de volver a Eppstein, se detuvo en el bosque, se acercó hasta su refugio y allí se dedicó a soñar.

¡Cuántas cosas habían ocurrido en un mes! El viaje de Jonathas, la aparición de Conrado, los fabulosos relatos del coronel, la muerte de Gaspar, el regreso de Rosamunda, las revelaciones de su tío sobre su primer viaje a Eppstein, acaecido seis meses antes de su nacimiento, la primera visión del mundo real, una explicación del pasado, las sombras del futuro… ¡Demasiadas cosas! ¡Incontables ideas!

Lo que más le preocupaba, sin embargo, era lo que Conrado le había contado acerca de su madre. Muchas veces, claro está, el viejo Gaspar y Jonathas le habían hablado de su madre, pero uno lo hacía desde las nieves que cubrían su cabeza, y el otro, a través de la ruda envoltura de su espíritu. Pero Conrado le había hablado de ella con los ojos de un hermano, con el corazón de un poeta, con el espíritu de un soñador.


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