El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —¿No vais a cejar en vuestros insultos? ¿Nadie se preocupa de vos, según decÃs? Maldito hijo, ¿merecéis que alguien se inquiete por vos, por vos, cuya ignorancia y rudeza nos avergüenzan? ¿Sois digno de ocupar el lugar que os corresponde en este hogar familiar, en el corazón de este padre? ¿Os habéis ganado vuestra parte de herencia y cariño? ¿Quién sois, señor mÃo? ¿Quién sois?
—Me han dicho que era hijo vuestro, conde Maximiliano de Eppstein, y, lamentablemente, no sé nada más sobre el particular.
—¡Qué os han dicho, impÃo lenguaraz! ¡Qué os han dicho! —repitió el conde, cuyas sospechas se recrudecÃan al escuchar tales palabras, lo que hacÃa que su cólera aumentase—. ¡Asà que os han dicho que erais hijo mÃo! ¿Tenéis la certeza —continuó, mientras clavaba su puño crispado en uno de los hombros del muchacho—, sabéis a ciencia cierta si quien tal os dijo no os mentÃa?
—¡Monseñor! —exclamó el joven, indignado—. ¡Monseñor! ¡Por la santa memoria de aquella que nos contempla a ambos, sois vos quien mentÃs y calumniáis a mi madre!
—¡Miserable bastardo! —gritó el conde.