El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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En aquel instante, el conde de Eppstein, incapaz de resistir la violencia de la cólera que sentía, levantó la mano y la dejó caer sobre la cara de Everard, quien acusó el golpe. Asustado de lo que había hecho, Maximiliano dio un paso atrás. Pero el muchacho se incorporó lentamente, y contempló a su padre.

Se produjo un espantoso momento de silencio. Al cabo, Everard, pálido por tal humillación, con el pecho encogido y los ojos brillantes de lágrimas, se llevó una mano hasta su corazón oprimido y, con voz entrecortada, se contentó con decir estas palabras sencillas y profundas, inocentes y terribles, palabras de niño que imponen más que amenazas de hombre:

—¡Tened cuidado, monseñor, porque se lo diré a mi madre!








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