El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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Capítulo IV

IV

Confuso, Everard abandonó el aposento y salió del castillo. Y echó a andar sin saber adónde se dirigía, y no encontró un poco de calma y de sensatez hasta que no se tumbó, hecho un mar de lágrimas, sobre el prado lleno de flores que rodeaba su querida gruta.

Dos horas antes tan sólo, se sentía tan orgulloso y tan feliz, tan crecido con sus nuevas ideas: una amistad y un amor acababan de introducirse en su solitaria vida. Mas, de repente, un ultraje, tan sólo uno, le había devuelto a la niñez, y lloraba. Entre el amor de Rosamunda, que le daba miedo, y el desprecio de su padre, que le producía vergüenza, se sentía completamente solo en este mundo. Tanto el castillo como la cabaña se habían cerrado para él, y ya no le quedaba más refugio que su pequeño y despoblado valle; y ya no le quedaban más amigos que la sombra protectora de Albina, es decir, un desierto y un fantasma.




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