El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —¡Madre mÃa, madre mÃa! —Exclamaba, entre sollozos—. ¡Cómo hemos sido insultados los dos! Madre, ¿estás ahÃ? ¿Me escuchas? ¿O también tú has de fallarme y renegarás de mÃ? Bien sabes cómo me ha maltratado. No tanto por la odiosa injusticia de la bofetada, como por haber sido humillado junto con tu nombre, por haber sido castigado junto con tu memoria. Ver pisoteado todo lo que amo, hollado todo lo que respeto, ¡ahà reside el verdadero dolor, la ignominia! Madre, aconséjame. ¿Es impÃa esta cólera que siento? ¿Es un sacrilegio mi rebelión? Madre, aconséjame; pero, por encima de todo, consuélame, ¡porque mi sufrimiento es terrible!
Quejas, gritos y ruegos, todo brotaba a la vez del pecho de Everard. Pero las lágrimas que lloraba, sin parar, cedieron poco a poco ante la amargura de su angustia, hasta que por fin fue capaz de escuchar, de mirar en derredor suyo, de hacer examen de conciencia con tranquilidad.