El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein La noche era tranquila y fresca; las estrellas brillaban en el cielo, los blancos rayos de la luna rielaban como diamantes en el arroyo, y los espinos salvajes cedían a la brisa su olor penetrante. En el sombrío bosque, un ruiseñor feliz cantaba en medio de tan hermosa y apacible naturaleza. Todo era amor, alegría y éxtasis en el bosque, y el alma de Everard, liberada por un poder superior de los dolorosos pensamientos que le agitaban hacía un momento, arrullada por tan secretas melodías, adormecida por tan tenues resplandores, se apaciguó con lentitud. Al poco, levantó la cabeza y contempló aquel hermoso cielo, mientras que la dulce brisa del anochecer secaba las lágrimas que aún corrían por sus mejillas.