El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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—Sí; madre mía, madre buena —murmuraba—, tienes razón. Me he equivocado al afligirme y al tomar sus insultos como una ofensa. Como imposible es que esta mano mía llegue a asir los impalpables rayos de la luna, la afrenta que ha querido hacerte, madre santa, jamás podría alcanzarte. He sido un necio por afligirme por un reproche o un castigo que no proceden de ti. Tú eres quien me ama de verdad, madre. Sí, te oigo y te siento, madre mía, en esta noche serena. De ti procede la suave y casta armonía que la envuelve, de ti, que eres su alma oculta. Gracias, gracias, madre mía. Todo se calma en mi interior, porque sé que no estás enfadada con tu hijo, sino que te compadeces de él y lo acaricias. Es tu voz el ruido del arroyo, y la brisa, tu aliento. Gracias. Tan sólo una palabra más, madre, un beso, con este viento tan fragante, y me quedo dormido, tranquilo y feliz, bajo tu angelical mirada.

Tras murmurar estas palabras, el muchacho cerró los ojos, y su respiración pausada y regular pronto fue la prueba de que se había quedado dormido profundamente. Pero, veamos si, en el castillo, la noche transcurría con tanta tranquilidad como en el bosque.




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