El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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Ante el simple hecho de que Everard se lo diría a su madre, el conde Maximiliano se había quedado anonadado, fulminado, porque aquellas palabras encerraban un terrible significado para sus remordimientos, siempre presentes. ¿Quién demonios habría enseñado a aquel chaval el Mane, Thecel, Fares de una conciencia atormentada? Y se había quedado de pie, pálido de terror, con las manos temblorosas. Dio unos pasos titubeantes, llamó con violencia a la servidumbre y se dejó caer en un sillón. A su llamada, acudieron algunos lacayos.

—¡Fuego! ¡Luz! —Gritó el conde—; enseguida, al instante.

Los sirvientes obedecieron, y el fuego chisporroteó en el hogar, mientras seis velas ardían en los candelabros de la chimenea.

—¡Encended también la lámpara! —Dijo el conde—. Y usted —ordenó a otro de los criados—, corra en busca de Everard y tráigalo aquí.

En aquel momento, sentía en lo más hondo de su alma un terror tan profundo que deseaba que le llevaran cuanto antes al muchacho, porque si se disculpaba por su afrenta, pensaba, el chico se retractaría de su amenaza. Un rato después, el sirviente regresó para decirle que, por más que habían buscado al joven conde por todas partes, no daban con él.

—Entonces —dijo Maximiliano—, que venga mi secretario. Tenemos que trabajar.


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