El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Aunque ya hemos dicho que Rosamunda tenía como amigas a todas las internas del convento, entre todas ellas, su preferida era la hija de un ex embajador cerca de la corte de Inglaterra, que hacía años que estaba retirado de las intrigas diplomáticas. La madre de Lucila de Gansberg era inglesa, de lo que resultó que aquella muchacha, que tenía el inglés como lengua materna, enseñó dicho idioma, durante sus juegos, a su compañera inseparable, sin olvidar que, en más de una ocasión, la hija del gran señor llevó a su casa a la hija del guardabosque. Rosamunda pudo entrever así, a trazos, algo de la vida mundana, pero siempre regresaba al convento sin que nada hubiese turbado la paz de su noble corazón, porque no contemplaba el mundo, ni la sociedad le veía a ella, más que a través del velo de su pureza. No omitiremos ni siquiera algo que interesó más a aquellas dos jóvenes cabecitas, a Lucila y a Rosamunda, que los sosos parabienes de los señores de la corte vienesa. Fue una lectura de Romeo y Julieta, hecha a hurtadillas en un cenador cubierto de madreselva. Tan ardiente y pura poesía amorosa transportó a aquellos dos ángeles terrenales a un mundo ideal, mil veces más peligroso que el real. La pasión, que nadie ha sabido describir como Shakespeare, dejó a aquellas dos almas gemelas sumidas en un mar de sueños, inquietas. Pero la inocente locura de sus quince años pronto superó aquellas ensoñaciones sentimentales. La primera en despertar de aquel peligroso sueño fue el alma casta y pura de Rosamunda, y aquella confusa revelación acerca del amor fue la única sombra que pesó en el despuntar de aquellas dos auroras.