El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein No es difícil imaginar cómo sería el dolor de aquellas dos inseparables amigas cuando llegó la hora de la separación, cuando Rosamunda tuvo que marcharse con su padre, y dejar el convento y a sus amigas. Pena que, por otra parte, todos los que habían tratado a Rosamunda también sintieron. Y la animaban, la besaban, la lloraban.
—Siempre os querremos —le decían todas—, y pensaremos en vos sin cesar. ¿Quién nos echará una mano ahora para reconciliarnos? ¿Quién nos aconsejará? ¿Quién solicitará para nosotras el perdón de las religiosas? Nuestro ángel de la guarda se nos va, nuestra guía nos abandona.
Y manifestaban mil muestras de cariño, acompañadas de miles de regalos y de caricias. Querían que se quedase con ellas al menos durante algunos días, porque no podían aceptar una separación tan repentina. No otra fue la causa que retuvo a Jonathas en Viena más tiempo del que él hubiera querido. Sus superioras, las religiosas, no se mostraban menos entristecidas que sus condiscípulas.
—Si, más adelante, cuando os encontréis lejos de nosotras, no fuerais feliz —dijeron a Rosamunda, como despedida—, regresad aquí, al Tilo Sagrado, donde siempre dispondréis de una plaza, tanto en el dormitorio como en las clases, junto con todo nuestro maternal afecto.