El Castillo de Eppstein

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—¡Gracias, madres, gracias! —Respondía Rosamunda, entre sollozos—. Si mi padre no estuviera tan solo, si mi abuelo moribundo no me reclamase a su lado, si no tuviera un hermano que me espera, jamás os abandonaría. Tengo la sensación de que aquí dejo toda la tranquilidad y toda la alegría de mi vida. Si un día me encontrase mal, o si, en un momento dado, ya nadie necesitara de mí, tened por cierto que regresaría, y algo me dice, madres, que algún día así lo haré.

Pero hubo de marcharse. El abuelo moribundo no podía esperar mucho tiempo. Había que abandonar el convento, religiosas y compañeras; tenía que separarse de Lucila. Tras besarse más de cien veces y prometer que se escribirían, las dos amigas se dijeron un último adiós. Pero, como recuerdo, Lucila suplicó a Rosamunda que se llevase consigo una pequeña biblioteca de cerezo, repleta de sus autores favoritos: oculta en uno de sus rincones, se encontraba una edición inglesa de Shakespeare.

—Así, cuando leas a nuestros grandes poetas —le dijo Lucila—, te acordarás, Rosamunda, de los días en que los leíamos juntas, y de aquella que los leía junto a ti. ¡Adiós, mi querida hermana! ¡Adiós, o tan sólo hasta pronto!

Y la pesada puerta del convento se cerró tras Rosamunda.


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