El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —¿Volverá a abrirse alguna vez para mÃ? —Se decÃa la muchacha, mientras se alejaba pesarosa del brazo dé su padre—. ¿Volveré a ver algún dÃa estos apacibles muros, a estas buenas religiosas, a mis queridas amigas? Quién podrÃa decirlo… ¡Quiera Dios que sÃ! Fui feliz allÃ, porque era joven, y no habré de volver, a no ser que me encuentre mal; y eso que, cuando nuestras alegrÃas se convierten en consuelo, resultan casi dolorosas; si nuestro paraÃso se convierte en refugio, es algo casi triste. ¡Por eso, pido a Dios que no vuelva a verte jamás, dulce nido de mi infancia!
Sin embargo, el viaje y la novedad de todas las impresiones que recibÃa pronto consiguieron distraer a Rosamunda. Aunque al principio se mostró silenciosa, enseguida comenzó a responder a las preguntas de Jonathas. Al cabo de dos dÃas, fue la muchacha quien comenzó a preguntar acerca de Eppstein, sobre cómo era la vida que llevaban allà y sobre las personas que iba a ver.