El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Con su carácter bondadoso, Jonathas trataba de satisfacer la curiosidad de su querida hija en todos sus extremos. Al principio, había estado un poco celoso, el pobre padre, por la melancolía de Rosamunda. No le dijo cómo iba a ser de feliz, sino cómo iba a sentirse de querida, porque, en primer lugar, volvería a ser todo su orgullo y toda su felicidad, y además estaría en su casa, libre y a su aire, como antes, cuando era pequeña y su madre tanto la mimaba. Le habló entonces de aquel joven huésped que tenían y a quien iba a volver a ver, Everard, que la esperaba tan impaciente, y que tan sencillo, tan melancólico y tan bueno era. Tampoco hubiera hecho falta. Aun cuando Rosamunda se hubiera olvidado del aquel rubio compañero de su infancia, las cartas fraternales que éste le había escrito habían servido para mantener vivo el recuerdo. Conservaba, pues, todo en la memoria de su corazón y, muchas veces, pensaba en Everard, huérfano como ella y nacido el mismo día.