El Castillo de Eppstein

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Era, por tanto, de su edad y, además, abandonado e infeliz. Una dulce compasión vino entonces a unirse al cordial afecto que Rosamunda sentía por él: ella le consolaría y sabría cómo llenar su soledad. Aguijoneó a Jonathas con preguntas acerca del joven y, a partir de las respuestas de éste, se imaginó a nuestro poético y encantador soñador. Fue entonces cuando sintió prisa por verle de nuevo, sin que supiera explicarse la razón de su impaciencia. Además, por mucho que se hubiera examinado en conciencia aquella casta muchacha, tal impaciencia le hubiera parecido igual de natural: Everard era hermano suyo, alimentado con la misma leche que ella, educado con ella y tratado por su madre como igual a ella. Everard era, además, el hijo de su benefactora, el hijo de Albina, cuyo recuerdo aún permanecía vivo en el Tilo Sagrado. Por último, Everard, tanto por su cuna como por su educación, habría de ser la única persona que la comprendiese, con la que ella pudiese hablar, no sólo de corazón a corazón, sino de alma a alma. Su padre le dijo que era un muchacho sencillo y excelente. Ella no le preguntó si era de espíritu elevado e instruido, porque, en sus sueños, ambas cosas iban de la mano. Lo más importante era que no fuera un orgulloso, cargado de desdén. En cuanto a la distancia que les separaba, ¿no habría de bastar su dolor compartido para borrarla? Y, además, quién piensa en esas cosas a los quince años.


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