El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Rosamunda, aquella hermosa y casta niña, soñó, pues, sin preocupaciones, en toda su inocencia, con aquel a quien ella llamaba hermano suyo. Y deseó con todas sus fuerzas que llegase el momento en que pudiera estrechar la mano de Everard, y ponerle al tanto de las miles de cosas que tenía que contarle.
¿Será preciso añadir que la esperanza de volver a encontrarse con su joven amigo casi compensaba, en el corazón de Rosamunda, el dolor que en ella suscitaba la idea de la muerte cercana de su abuelo? Además, ¿por qué no habría de ser así? El egoísta olvido de la juventud, que cree que está sola en el mundo y que no mira más que para adelante, es tan natural, tan encantador, que todo se le perdona y hasta se asume con gusto una cierta complicidad con ella. La juventud ha de olvidarse del pasado, no ha de preocuparse por el ayer, porque, está claro, su reino es cosa del mañana, reside en el futuro.