El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Ya hemos relatado la llegada de Rosamunda a Eppstein y su primer encuentro con Everard. No sólo era un muchacho modesto, sino que, además, era tÃmido. No sólo no se mostraba orgulloso, sino que parecÃa acobardado. Y tanta dulzura, tanto apuro, se acomodaban a la perfección al carácter firme y serio de Rosamunda, porque lo que la muchacha más podÃa despreciar en el mundo eran la impertinencia y los aires de grandeza. Pero su felicidad se convirtió en tristeza, cuando se percató de que Everard la evitaba. ¿No serÃa capaz de darse cuenta de nada de lo que le ocurrÃa? Cuando se fue con su tÃo Conrado, sin casi atreverse a mirarla, casi no pudo refrenar las lágrimas. Y se sintió herida en la compasión que habÃa experimentado, en un primer momento, por aquel ser tierno y melancólico. Rosamunda pensaba que ella habrÃa podido servirle de ayuda, de sostén, y sufrÃa al verse obligada a renunciar al dulce papel de hermana querida que tan bien habrÃa desempeñado. Aquel trato frÃo, del que no se creÃa merecedora, le partÃa el alma. ¿Qué podrÃa hacer para que Everard volviera a ella, cuando éste se alejaba sin cesar?