El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Durante el tiempo que duró su ausencia, se sintió inquieta, preocupada. Pero su padre la rodeaba de toda clase de cuidados, de distracciones, de cariño. Por las buenas o por las malas, todas las mañanas le obligaba a montar a caballo y a visitar con él un nuevo lugar de lo que constituía su reino, el bosque. Y Jonathas se sentía feliz cuando le hacía sonreír o le arrancaba una exclamación de sorpresa, de admiración o de alegría. Tantas veces como tenía ocasión, le hablaba de Everard, porque se había dado cuenta de que era un tema de conversación que agradaba a su hija, y porque, cuando juntos hablaban del ausente, los colores subían a las mejillas de la muchacha y una llama nueva le iluminaba los ojos.
Ya sabemos bastante de Rosamunda, quien, por otra parte, habrá tenido tiempo de reunirse ya con Everard, a quien habíamos dejado al pie de un árbol, inmóvil, mudo, mientras observaba cómo la joven se acercaba hasta él, como una aparición. Volvamos, pues, a ellos, que ya deben de estar juntos.