El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —¡Oh, sÃ! ¡Quedaos, quedaos! —Dijo Rosamunda, con graciosa insistencia—. ¡PodrÃamos ser tan felices juntos! Mi padre me ha dicho que conocéis recónditos lugares del bosque, a los que podrÃais llevarme. Y caeréis en la cuenta, amigo mÃo, de que es mucho mejor, pero muchÃsimo mejor, ser dos que permanecer en soledad. En cuanto a mÃ, sin vos y lejos de mi padre, que se pasa el dÃa en el bosque, os aseguro que me morirÃa de aburrimiento. Mientras que si estuviéramos los dos juntos, podrÃamos charlar, comunicarnos nuestros pensamientos, nuestras sensaciones, leer y estudiar juntos. Parecéis sorprendido. ¿No pensaréis que soy una muchacha ignorante, verdad? No os equivoquéis, porque he aprendido muchas cosas, y puedo entender vuestras ideas y responderos acerca de casi todo. Confieso que no he profundizado tanto como vos, que sois un hombre, en el francés, el griego, el latÃn, la historia o las matemáticas, que no me gustan nada.
—¡Rosamunda, Rosamunda! Pero si ignoro hasta el nombre de tales materias…
—Pero ¿cómo? ¿Qué me decÃs?