El Castillo de Eppstein

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—¡Rosamunda, Rosamunda! —dijo, con lentitud—. Una especie de encanto me atrae hacia vos, y, sin embargo, algo en mi interior me dice que huya. ¿No me comprendéis, verdad? No debéis juzgarme como a los demás: soy un ser aparte, una naturaleza extraña, que no lleva la vida de todo el mundo. Ya veis que he empezado a hablaros con toda confianza. Sí; tengo confianza…, y tengo miedo. Un presentimiento me dice que nuestra amistad resultará funesta, y que se producirá una desgracia. Un instinto me advierte de que haría mejor en marcharme, pero no lo haré. Ya sabéis que hay cosas que están predestinadas, Rosamunda.

—Sólo sé que hay un Dios —contestó la piadosa muchacha.

—¡Sí, Dios! —Prosiguió Everard, tras enfrascarse de nuevo en sus sueños—. Dios mío —añadió, mientras juntaba las manos como si estuviera solo—, Dios mío, tú que me aclaras en mis imperfectas luces, tú que me das este vago deseo de alejarme sin, por ello, darme la fuerza y la valentía para hacerlo, te obedezco, Señor. Haz de mí lo que quieras. ¿De qué sirve que mi espíritu se agite, si es tu mano la que me guía? Mi madre, quizá, me aconseja que me vaya; pero si el destino que tienes para mí me ordena quedarme, ¿cómo podría oponerme?


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