El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Me quitáis un gran peso de encima —continuó la joven, sin escuchar tan poco afortunada pregunta—. Asà que fue por causa de vuestra timidez por lo que no me dirigisteis la palabra el primer dÃa. Por timidez también, me habéis evitado, e incluso os fuisteis con vuestro tÃo Conrado casi sin decirme adiós…
—Y por esa misma razón iba a abandonar Eppstein y Alemania para siempre, para no volver a veros —añadió Everard—, cuando la Providencia y mi madre hicieron que aparecierais en mi camino.
—Pero, ahora, os quedaréis —dijo Rosamunda, con vehemencia—. A partir de ahora, nos comprenderemos, nos querremos… ¿Qué os pasa? ¿En qué pensáis?
—Pienso —prosiguió Everard, soñador—, que quizá no sea sólo por mi carácter insociable por lo que querÃa alejarme y unirme al Ejército del Emperador. También estaba lo de mi padre…, pero se ha ido a Viena. Y algo más.
—¿Qué más? —preguntó Rosamunda, con un deje de inquietud.
Se produjo un silencio. Con los ojos fijos, Everard parecÃa observar las tinieblas que rodeaban sus pensamientos, y movÃa la cabeza con aspecto de meditar.