El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —¿Qué decÃs? ¿Hasta tal punto soy estirada y terrible? —dijo la joven, con una sonrisa—. Everard —continuó, ya más seria—, tratemos de no despreciarnos. Os digo con toda claridad, con toda la sencillez de mi corazón, que me siento atraÃda por vos, porque creo que sois leal y bueno, y por eso os pido que seáis mi amigo y mi compañero. Puesto que podemos estar juntos, ¿por qué permanecer solos? Esta naturaleza de Dios, en medio de la que nos hallamos, asà como el sagrado recuerdo de nuestros muertos, santifican de algún modo el afecto que nos profesamos. Que no haya falsas modestias ni malentendidos. En presencia de nuestras dos madres y de estos robles, os pido que seáis mi hermano. ¿Lo aceptáis?
—¡Que si lo acepto! Grande y generosa es vuestra alma, Rosamunda, y yo trataré de mostrarme digno de vuestra amistad. Me avergüenzo de haber sido tan tÃmido y temeroso. Pero el cervatillo asustado, ahora está domesticado, santa mÃa, y el ciervo, en vez de huir, se acercará a lamer vuestros pies.
—Como si fuera Genoveva de Brabante —dijo Rosamunda, entre risas.
—¿Quién fue ésa? —preguntó Everard.