El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Más no le había contado todo a Rosamunda. No le había dicho, por ejemplo, que lo que le obligaba a abandonar aquellos lugares era la afrenta sangrante que había recibido de su padre, y que, por eso mismo, no podía regresar al castillo. Pero, aunque no dijese nada sobre el particular, no dejaba de darle vueltas y, cada vez que pensaba en ello, un repentino rubor le cubría el rostro.
En medio de tantas indecisiones, fue como llegó a la cabaña de Jonathas, a pesar de que, aquella mañana, se había prometido a sí mismo que no volvería a verla. El guardabosque les esperaba.
—¡Qué de tiempo habéis estado fuera! —les dijo—. Ya estaba un poco preocupado. He recibido una carta que el señor conde me ha enviado desde Fráncfort, y que ha traído un mensajero a toda prisa. Leedla, porque os interesará.
Con mano temblorosa, Everard cogió el papel y lo leyó. Maximiliano comunicaba a Jonathas que había decidido fijar definitivamente su residencia en Viena y que, en el futuro, no volvería por Eppstein.