El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein «DÃgale a mi hijo Everard, añadÃa, que dejo el castillo a su disposición, asà como la cuarta parte de los ingresos que éste produzca. Mi administrador se pasará todos los años por allá para recaudar el resto. Pero Everard ha de saber que no debe abandonar Eppstein, ni intentar verme. Nuestros destinos han de permanecer separados, y le prohÃbo que intente unirlos. Sólo bajo esta condición, le permito ser libremente dueño de sà y permanecer en mi casa. Nunca más le molestaré, pero él tampoco habrá de entrometerse. No le pediré a nunca cuenta de sus acciones, pero que jamás me pida razones acerca de las mÃas. Seremos como extraños; sólo asà seremos felices. Tal es mi explÃcita y formal decisión, y maldito sea quien se oponga a ella».
Acabada la lectura de la carta, Everard dejó caer la cabeza sobre su pecho: triste y alegre a la vez, pareció recogerse durante un momento.
—¿Y bien? —le preguntó Rosamunda, con ansiedad.
—Pues, bien, Rosamunda —le contestó, con los ojos brillantes y un gemido atascado en su pecho—, puesto que Dios asà lo quiere, aquà me quedaré.