El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein VII
A un cuarto de legua de la aldea de Eppstein y a unos doscientos pasos de la cabaña del guardabosque, en mitad de un claro del bosque, había una basta y fresca campa donde, todos los domingos, se reunían los campesinos del lugar. Con su alfombra de hierba, aquel lugar era el escenario natural donde se celebraban los bailes típicos de la región. Un poco más allá, un grupo de tilos centenarios acogía las reuniones de los viejos y sabios del lugar. Por entre los árboles, en un pliegue del terreno, manaba una fuente a la que se llegaba por un camino de piedras recubiertas de musgo. En torno al manantial estaban colocados unos bancales de piedra, apoyados sobre un murete, para facilitar la tarea de coger agua.
Una suave y melancólica mañana de septiembre, tres años después de la muerte de Gaspar, entre la espesura de aquellos tilos, había un joven sentado en la hierba que, con un cartón puesto sobre las rodillas, dibujaba un tronco de árbol, retorcido y nudoso, que servía de refugio a un enjambre de abejas. El muchacho desviaba a menudo la vista de su tarea para mirar hacia el claro, pero como era un día de diario, no se veía a nadie por aquel lugar. No se oía más que el chapoteo continuo de la fuente y el canto de alguna curruca entre el follaje.
