El Castillo de Eppstein

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Tras una hora de espera, una joven apareció por aquel lugar, y el dibujante se puso en pie para ir a su encuentro. Tras dar algunos pasos, se detuvo y la contempló sin que ella se diera cuenta. El joven era Everard; la muchacha, Rosamunda.

Noble y apuesto, como era de natural, Everard llevaba, con más elegancia y distinción que antaño, su sencilla y rural vestimenta. Su mirada era igual de dulce y de seria, pero había ganado en profundidad y tristeza. Su frente se mostraba igual de altiva y grave, aunque tenía más acentuadas las arrugas por causa de algún oscuro destino, de alguna desconocida fatalidad. Rosamunda, encantadora como siempre y con modesta arrogancia, vestía una blusa roja, cuyo cuello realzaba su gracioso rostro, y una falda negra. Llevaba un cántaro de cerámica sobre uno de sus hombros y una jarra, más pequeña, en la mano. Iba a la fuente.

Cuando bajaba por aquellas gastadas piedras, Everard salió de entre los tilos y corrió a reunirse con ella.

—¡Buenos días, Everard! —le dijo al verle, en un tono que denotaba que esperaba encontrárselo en aquel lugar.

Los dos se sentaron en el bancal.


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