El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Tomad, Rosamunda —dijo Everard, al hacerle entrega del cartón—; ya casi he terminado el dibujo y, gracias a vuestros buenos consejos de ayer, creo que no ha quedado mal. He intentado reflejar ese horror que, según vos, imprimÃa a los bosques nuestro gran Alberto Durero, cuya sencilla y sublime historia me contasteis el otro dÃa.
—Pero si está muy bien… —dijo Rosamunda—; tan sólo, la sombra de aquella rama podrÃa producir un efecto mejor.
Tras quitarle el lapicero de la mano, corrigió con algunos trazos aquel defecto.
—Ahora ha quedado estupendo —añadió Everard, mientras aplaudÃa—; me siento doblemente orgulloso de mi obra de arte, puesto que lleva algo de vuestra mano. Mostráis tanta indulgencia y paciencia con vuestro mal alumno, que vuestra bondad ha de igualar por fuerza a vuestra hermosura, Rosamunda.