El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Parecéis un niño —le dijo, en tanto que éste le besaba las manos con dulzura y la contemplaba con ingenua admiración—, ¿no es una tarea encantadora esta de nuestros de estudios en compañÃa? ¿En qué se diferencian nuestras lecciones del placer? ¿No sois mi compañero, además de mi alumno? Por otra parte, estoy tan orgullosa, Everard, de haber contribuido a devolver a la nobleza alemana a uno de sus más históricos representantes, a un caballero que, por su rango, habÃa sido llamado a tan altos destinos, pero que languidecÃa en la ignorancia y en el aburrimiento… He hecho por vos, y me siento orgullosa de ello, lo que hubiera hecho vuestra madre, lo que hubiera debido hacer el conde Maximiliano. ¡Qué enormes progresos en tan sólo tres años! ¡Con qué rapidez habéis captado todo! ¡Cómo habéis conseguido aprehender cosas que yo sólo conocÃa a medias! ¿Qué serÃan, en comparación con vos, todos esos moscones dorados que pululan por Viena?