El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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—No es gracias a la ciencia, por lo que me habéis devuelto la felicidad —repuso Everard, con tristeza—, Rosamunda, hermana mía. ¿Para qué ampliar los horizontes del conocimiento, cuando los límites de la vida son tan estrechos? ¿De qué le sirven sus alas a un águila que está cautiva? ¿De qué vale un gran apellido si tan oscuro es el destino? Nunca he comprendido mejor mi soledad que desde que entiendo cómo es el mundo. Por eso, si no diera gracias por vuestra presencia, estoy seguro de que os detestaría por culpa de vuestras enseñanzas. Creo que comencé a existir en el momento en que os vi; pero si pienso en ello, sufro. A lo peor llega el día, Rosamunda, en que deploremos como un don fatal el favor que me habéis hecho.

—No —respondió Rosamunda—, jamás me arrepentiré de haber devuelto a un Eppstein a sí mismo y a su tierra.

—Pero yo soy un Eppstein renegado, olvidado —prosiguió Everard, mientras sacudía la cabeza melancólicamente—; nunca seré un general ilustre, como mi abuelo Rodolfo, a quien temía hasta el propio Federico; ni siquiera un gran diplomático, como mi abuelo materno, capaz de darle lecciones al mismo Kaunitz. Como mucho, seré el protagonista de alguna lúgubre y terrible leyenda. Si algún día llego a alcanzar alguna notoriedad, no será en campos de batalla ni en círculos académicos, sino en veladas de campesinos.


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