El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Everard, hermano mÃo, ¡qué ideas tan insensatas! —le interrumpió Rosamunda.
—Por más que insistáis, veo algún delito en mi destino. Es más, desde que, gracias a vos, conozco mejor la realidad, he tomado conciencia de la extraña vida que Dios me ha impuesto, siempre con una muerta al lado. Gracias a los atisbos de verdad que me habéis ayudado a entrever, me he dado cuenta de que mi sitio está fuera del común de los mortales: soy una sombra, un fantasma, una amenaza, quizá, o una venganza. Cualquier cosa menos un hombre.
—¡Amigo mÃo!
—Contra eso no se puede luchar. Vos estáis delante de mÃ, Rosamunda. Pero tengo a mi madre, Albina, detrás. Vos podrÃais ser un maravilloso futuro, ¡pero ella representa un pasado tan formidable! Hablemos mejor de otra cosa.
Se produjo una pausa repleta de reflexiones.
—¿Ya habéis acabado la historia de la guerra de los Treinta Años? —preguntó Rosamunda.