El Castillo de Eppstein

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—Everard —contestó Rosamunda, cuya voz grave y gesto serio recordaban a los de una joven madre que da consejos a su hijo—, sé que sois bueno y afectuoso. Pero me da pena veros tan triste y desanimado. ¿Por qué creéis en la fatalidad y no en la Providencia? Eso no está bien. ¿No velan Dios y vuestra madre por vos? Tan sólo os faltaba una cosa, la educación del espíritu, y yo he sido la elegida para aportárosla. Ya fuera en invierno, al amor de la chimenea, o en el verano, en vuestra gruta, o al lado de esta fuente, hemos charlado, leído y meditado. Habéis aprendido con celeridad todo lo que yo sabía; más allá de mis imperfectas explicaciones, me habéis enseñado muchas cosas que ignoraba hasta hoy. A partir de ahora, tanto si permanecéis aquí, en vuestro retiro, como si optáis por ir a la corte, a Viena, siempre destacaréis por vuestra preclara y cultivada inteligencia, hasta el punto de que podríais aconsejar y dirigir a otros. Os ruego que no empañéis, con vuestras dudas y vuestra tristeza, la alegría que siento al pensar que he contribuido con mis humildes medios a haceros digno del nombre que portáis y del futuro que os aguarda.

—Está bien, Rosamunda, mientras estéis delante, me mostraré contento y alegre, tanto como las flores bajo la luz del sol.


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