El Castillo de Eppstein

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—¡Ya era hora, hermano mío! —exclamó Rosamunda—. Permitidme que coja el agua que he de llevar a casa y, más tarde, si os viene bien, terminaremos de repasar juntos la historia de los Hohenstaufen.

—Me encantaría —repuso el joven, alegremente—. Rosamunda, si puedo quedarme a vuestro lado, os prometo no volver a pensar en el mañana.

Y ambos amigos se estrecharon la mano con una sonrisa llena de verdadero cariño. La joven tomó la jarra y se dispuso a llenarla de agua. Everard se hizo con el cántaro y se puso a hacer lo mismo. Por encima de sus cabezas, el cielo estaba azul, y sus encantadores rostros se reflejaban en el espejo de la fuente. Con esa alegría, se aproximaban al agua, reían y se miraban con cariño, hasta que se incorporaron.

—Voy a beber —dijo Everard, contento.

Rosamunda le acercó la jarra, y el joven bebió. Si un escultor hubiera captado la graciosa postura de ambos, hubiera dado con una de las ideas más próximas a la felicidad.

—Parecemos una escena de la Biblia, como Eliezer y Rebeca —comentó la joven, con una sonrisa.


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