El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein La joven comenzó a subir por las piedras, con el cántaro a la espalda, y a alejarse de la fuente. Con la jarra en una mano y el cartón en la otra, Everard no tardó en alcanzarla, y los dos se fueron a la casa del guardabosque. Mientras andaban, se miraban uno a otro con frecuencia. Los ojos de Everard no reflejaban más que admiración y cariño. Por el contrario, en la mirada de Rosamunda había más prudencia y bondad que amor.