El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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Capítulo X

X

Al día siguiente, los dos enamorados, a los que ya podemos designar así, se encontraron en la gruta tapizada de musgo, cálida incluso en invierno, para la lección matutina. La alegría de Everard resplandecía en sus ojos y en su corazón. Rosamunda estaba más pensativa y seria que de costumbre. Ni que decir tiene que ninguno de los dos había dormido aquella noche. Tras un primer momento de sorpresa, el joven la había pasado en una especie de delirio, de embriaguez. ¡Querido! ¡Era querido, y él también amaba! De modo que lo que tanto tiempo había embargado su pensamiento, su existencia, aquellas inquietudes, aquel languidecer, todos esos impulsos involuntarios, ¿aquello era el amor? Una nueva vida se desvelaba ante Everard, y consideraba miles de recuerdos bajo una luz nueva, mientras vislumbraba otras tantas esperanzas que brillaban en su porvenir. ¡Nunca más estaría triste! ¡Y qué más daba, si le aguardaba un lúgubre destino! ¿No contaba ahora con alguien que, cerca de él, le serviría como refugio?




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