El Castillo de Eppstein

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En cuanto a Rosamunda, había pasado la noche sumida en espantos y angustias. No porque su alma audaz se arrepintiese de haber cedido a un impulso irresistible, sino porque no se perdonaba por haber servido a Everard un nuevo motivo para que se sintiera desgraciado, por ofrecer al injusto Maximiliano un nuevo motivo de rencor. ¿Era así como debía pagar todas las bondades que su bienhechora, Albina, había tenido para con ella? Porque, al fin y al cabo, su amor, tan puro a los ojos de Dios, era censurable para el mundo. El ejemplo de Conrado y Noemí, que le había dejado fascinada la víspera, la horrorizaba al día siguiente. ¿Adónde les había conducido aquella santa pasión? Al destierro, a la desesperación y a la muerte. Y eso que el conde Rodolfo no odiaba a su hijo como el conde Maximiliano detestaba al suyo. Y eso que Noemí no debía a Conrado su educación, la vida del alma.

Tal era la razón de que, al llegar a la gruta, Rosamunda estuviera seria, mientras que Everard no cabía en sí de contento. En cuanto el joven, impaciente como estaba, vio a Rosamunda, a la que esperaba desde hacía tiempo, corrió hacia ella, y le dijo:

—¡Sois vos! ¡No tengo palabras! Pero, escuchadme; tan sólo una palabra, que encierra en sí el mundo entero: ¡os quiero! Y una más, que contiene todo el cielo: Rosamunda, ¡me amáis!


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