El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Y el joven cayó de rodillas ante ella, con las manos juntas, mientras la contemplaba arrebolado.
—Everard, amigo mÃo, hermano mÃo —le contestó Rosamunda, con el tono y el gesto revestidos de aquella dignidad que jamás le abandonaba—, Everard, levantaos, y charlemos fraternalmente, como solÃamos hacer. No repetiré jamás la tácita declaración que se nos escapó en medio de nuestro entusiasmo. Pero, sÃ, os amo, como vos me amáis, Everard.
—¡Por todos los ángeles del cielo! ¿Qué decÃs? —exclamó el impetuoso joven.
—Sà —prosiguió Rosamunda, pensativa—, os lo repito, porque tales palabras tienen un encanto en el que el alma se complace. Os amo, como Noemà amó a Conrado. Pero pensad en Conrado y en NoemÃ. Os doy mi vida, pero no puedo aceptar la vuestra. Muchas veces me habéis dicho que barruntabais grandes desgracias en vuestro futuro. Si lo que llegara a ocurriros, sucediese por mi culpa, Everard, me morirÃa. No me importa que yo sea desgraciada, pero sufrir por vos es algo que va más allá de mis fuerzas, ya os lo advierto. Lo mejor, pues, serÃa olvidar el peligroso sueño en el que nos embarcamos ayer por la noche.