El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Es como si me pidierais que olvidase mi vida —replicó Everard—, porque ese sueño es mi aliento, mi ser y mi existencia. Ese sueño soy yo. Nada podrá separarnos en adelante, Rosamunda, porque vos sois mÃa, como yo os pertenezco.
—¿Quién habla de separarnos? —le contestó Rosamunda, alma tenaz, pero ignorante en asuntos del corazón, y que cedÃa sin vacilar a los sutiles consejos de una pasión imperiosa—. Podemos seguir juntos, Everard, pero a condición de que sea como en el pasado, de que borremos la pasada y febril velada de nuestro recuerdo, de que volvamos a la tranquilidad y a la santidad de nuestras conversaciones de antes. A condición, Everard, de que mi hermano me sirva de protección y de apoyo, y que nuestras dos santas madres sigan presentes entre los dos. Si lo aceptáis asÃ, nos esperan dÃas de felicidad, porque he de confesaros que me serÃa muy difÃcil, en verdad, renunciar de repente a nuestra intimidad. Pero si cumplimos con nuestro deber, con valentÃa y resignación, Dios nos ayudará y nos amará, y no hay que olvidar que el futuro está en sus manos.
—¡El porvenir!… Eso es —dijo Everard, con amargura—, demos esquinazo a nuestra felicidad, como se hace con un acreedor al que no se puede pagar.