El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—¡Everard, amigo y hermano mío! —repuso Rosamunda, mientras miraba con tristeza a Everard—. ¿Por qué tanta ironía, tanta injusticia? ¿Por qué hoy os parecen despreciables las puras y apacibles alegrías que os satisfacían tanto hasta ayer? ¿No es preferible que vuestra amiga y hermana sea, no sólo reverenciada por vos, sino honrada por todos?

—Sí, Rosamunda, sí, todo el mundo os honrará y os venerará. Tal es la razón de que no debamos limitarnos, en cuanto al porvenir se refiere, a vaga palabrería. Escuchadme. El abandono que he sufrido y que, como Dios y mi madre saben, tantas y tan amargas lágrimas me ha costado, hoy me satisface, puesto que me ha servido para algo. Mi padre tomó la decisión de que, con tal de que yo no lo estorbase, nada suyo sería. Soy, pues, libre, y dueño de mi vida. Pero mi vida es vuestra, y no os la doy, sino que es Dios quien os la entrega, puesto que, junto con mi condición de huérfano, me dio el derecho a disponer de ella. Aceptadla, tan sólo, os lo ruego, Rosamunda. Sed mi mujer.

—¡Ay, ay, Everard! Eso debió de ser lo que dijo Conrado a Noemí… Y Noemí… ¡Acordaos, Everard!



👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker