El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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—Noemí murió en el patíbulo, ¿no es eso? No os propongo un matrimonio secreto, Rosamunda. Os ofrezco un matrimonio a la vista de todos, en la capilla de Eppstein, un matrimonio reconocido por Dios y por los hombres, un matrimonio que no ocultaré ni a mi propio padre. Los libros que me habéis hecho leer me han enseñado algunas cosas sobre el mundo, y creo que soy capaz de adivinar los designios y los sentimientos del conde Maximiliano. Si pretendiese encumbrarme o aparentar, si buscase la parte de su gloria que me corresponde al abrigo de su apellido, si reclamase mi lugar al sol del favor imperial, me maldeciría, me aplastaría. Pero si permanezco en la oscuridad, si me cierro las puertas de la corte y de la fama, si, de acuerdo con la estrechez de su mente, me rebajo y contraigo un matrimonio poco conveniente, os prometo que eso no será ninguna ofensa para él y, lejos de apartarme de mi propósito, me animaría a seguirlo si tal estuviera en su mano. Para su ambición y su vanidad, yo represento un obstáculo, y creedme, Rosamunda, de que se sentirá feliz de verse desembarazado de mí gracias a mí mismo. En el momento en que yo haya alzado entre los dos tal barrera, cuando ya no tenga que dar cuentas a nadie sobre mí sin sonrojarse, en el momento en que sólo pueda censurarme y quejarse, ya se sentirá en cómoda posición, y estará encantado, aunque jamás lo reconocerá, de la oportunidad que le he dado. Porque entonces podrá dedicarse a pensar con tranquilidad en su fortuna presente, y en la de mi hermano mayor en el futuro. En adelante, su único y verdadero hijo será Alberto. Y jamás volveré a aparecer yo, tercero en discordia, para entrometerme en sus sublimes proyectos. Seré un hijo rebelde que, como Conrado de Eppstein, me casaré con una humilde campesina y del que, con toda la ley de su parte, su padre habrá renegado. Al igual que ocurrió con Conrado, el mundo que me olvida hoy me olvidará mañana. Pero, al revés que en su caso, no nos veremos obligados a huir, puesto que nada nos obliga a cambiar de vida ni a llevar nuestra felicidad a otra parte. El conde de Eppstein vive, y allí ha de seguir, en Viena, ciudad de la que, según él mismo escribió, no se alejará jamás. Mientras que nosotros, Rosamunda, podremos quedarnos aquí, en casa de vuestro padre, solos e ignorados, es decir, tranquilos y felices. Vamos, Rosamunda, creo que podéis aceptar. No es el rico heredero de la casa de Eppstein quien os ofrece su mano, sino un proscrito pobre, miserable y oscuro, a quien vos, generosa muchacha, aportáis la serenidad de vuestra cabeza, la alegría de vuestra mirada y el tesoro de vuestro amor. Veamos, ¿no os atrae la dedicación que reclamo de vos? ¿No sería nuestra unión como un paraíso? Y ese paraíso, Rosamunda, ese paraíso que yo, Everard, vuestro hermano, vuestro amigo, os ofrezco, ¿tendréis el valor de rechazarlo?


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