El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —¡Everard, Everard! ¡No me tentéis! —repuso Rosamunda, con voz quebrada, al tiempo que rechazaba al joven con firmeza—. En verdad me ofrecéis el cielo, pero aquà estamos, en la tierra, y vos no sois más que un muchacho, y un insensato por esperar la felicidad absoluta, del mismo modo que erais un blasfemador y un impÃo cuando presentÃais, sin asomo de duda, un porvenir miserable. No sois más que un pobre soñador. ¿No sabéis que, en este mundo, lo mejor no consiste en soñar sino en esperar?
—¡Rosamunda, Rosamunda! —exclamó Everard—. No me arrojéis de nuevo a las angustias de mi destino. Creo que vos serÃais capaz de apartar de mà todas esas desgracias de las que me advierte mi instinto, y que con un solo gesto vuestro, como si fuerais un hada bienhechora, cambiarÃais todas mis dudas en ilusiones. Por el contrario, si me rechazáis, me veré obligado a pensar que os da miedo compartir conmigo los sufrimientos que me reserva el destino.
—No digáis eso, ni lo penséis —replicó Rosamunda, con energÃa—; mi único temor es aumentar el peso de vuestras penalidades. Pero os juro que unirme a ellas serÃa, para mÃ, una verdadera alegrÃa.
—Entonces, estamos de acuerdo. Sois mÃa, Rosamunda, sois mi mujer. ¡Y que vengan dolores y muerte! Un dÃa en el paraÃso, con vos en la tierra, y ¡qué más da que tal dicha continúe aquà o en el cielo!