El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—¡Everard, Everard! ¡No me tentéis! —repuso Rosamunda, con voz quebrada, al tiempo que rechazaba al joven con firmeza—. En verdad me ofrecéis el cielo, pero aquí estamos, en la tierra, y vos no sois más que un muchacho, y un insensato por esperar la felicidad absoluta, del mismo modo que erais un blasfemador y un impío cuando presentíais, sin asomo de duda, un porvenir miserable. No sois más que un pobre soñador. ¿No sabéis que, en este mundo, lo mejor no consiste en soñar sino en esperar?

—¡Rosamunda, Rosamunda! —exclamó Everard—. No me arrojéis de nuevo a las angustias de mi destino. Creo que vos seríais capaz de apartar de mí todas esas desgracias de las que me advierte mi instinto, y que con un solo gesto vuestro, como si fuerais un hada bienhechora, cambiaríais todas mis dudas en ilusiones. Por el contrario, si me rechazáis, me veré obligado a pensar que os da miedo compartir conmigo los sufrimientos que me reserva el destino.

—No digáis eso, ni lo penséis —replicó Rosamunda, con energía—; mi único temor es aumentar el peso de vuestras penalidades. Pero os juro que unirme a ellas sería, para mí, una verdadera alegría.

—Entonces, estamos de acuerdo. Sois mía, Rosamunda, sois mi mujer. ¡Y que vengan dolores y muerte! Un día en el paraíso, con vos en la tierra, y ¡qué más da que tal dicha continúe aquí o en el cielo!


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker