El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein El joven hablaba con tanta convicción y elocuencia, con tanto ardor, que, como el día anterior, Rosamunda se sentía fascinada, arrastrada. La joven se había sentado sobre el saliente de una roca, mientras que él, como por obra de un encantamiento, se había postrado a sus rodillas. Sin fijarse, Rosamunda miraba la gruta, el musgo, aquellos mudos testigos de tantas horas deliciosas y tranquilas como habían pasado juntos. Experimentaba, en su seno, una felicidad angelical, y aquella niña, inmaculada y noble, se dejaba llevar por las peligrosas emociones y el desconocido atractivo de aquella felicidad. Hasta el silencio que la rodeaba estaba lleno de inquietud y seducción.
A causa, precisamente, de la fuerza y novedad de aquellas sensaciones, se avivaron en ella el orgullo y la castidad virginales. Se llevó una mano a la frente como para borrar hasta el menor residuo de aquellas ideas que hasta la cabeza le subían, procedentes del corazón, se levantó de repente y ordenó, con gesto firme, a Everard que hiciera lo mismo. Una vez en pie, cara a cara con su amante subyugado, con fuerte y decidida calma, le dijo: