El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Hermano, nada de debilidades ni de peligrosos sueños. ¿O es que en un minuto, sin pensar en ello, como niños aturdidos, debemos jugarnos, no digo nuestras almas que hace mucho ya que están comprometidas, sino nuestra existencia? Valor y sangre frÃa, hermano mÃo. Afrontemos con tranquilidad el porvenir que Dios nos ofrece y sigamos nuestra senda.
—Si reflexionáis —replicó Everard—, es que no me amáis.
—Os amo santamente, Everard, y Dios lo sabe. Cuando pienso en vos, un sentimiento dulce y embriagador inunda mi corazón, pero se trata también de un pensamiento augusto o, por asà decir, maternal.
—¡No me amáis, no me amáis! —RepetÃa Everard.
—Escuchadme, Everard —repuso la sincera y fuerte Rosamunda—. Creo, en efecto, que si os amo, no es con un amor como el vuestro. Seguramente, os amo según mi forma de ser. Lo que sà puedo aseguraros es que, una vez repuesta de mi inquietud, esta noche he pensado mucho y he sondeado mi alma. Por eso, tenéis que escucharme. Os prometo y os juro, Everard, que si no soy vuestra, no perteneceré a nadie en este mundo más que a Dios, porque la idea de unir mi destino a alguien que no fuerais vos me resulta insoportable. Me quedarÃa muy contenta, si esto que os he dicho pudiera consolaros y apaciguaros un poco.