El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Lo que me decÃs me basta para hoy, Rosamunda. Pero ¿qué será del mañana?
—Tanto mañana como el dÃa de hoy, mi existencia es toda vuestra, Everard. Pero, hacedme caso, no despojemos a nuestro amor de la sanción del sufrimiento y del tiempo. Preservemos los derechos del infortunio. Porque creo que, si aceptásemos nuestra felicidad sin someternos a ninguna prueba, la suerte se vengarÃa de nosotros, y he sido educada para acatar la voluntad de Dios. ¿Qué os pido, pues? Paciencia. Quizá me equivoque al no ofreceros más que una quimérica esperanza, al no ser más que medianamente razonable y sólo en lo que al presente se refiere. Aunque me repliquéis que no os amo, lo que hago es ya superior a mis fuerzas, y no me es fácil, por las buenas, renunciar a tanta felicidad como he acariciado… ¡Perdonadme por eso, Dios mÃo! ¡Madre, Albina, perdonadme!
—Por lo que hace a mi madre, Rosamunda, no sólo os perdona, sino que os da las gracias en nombre de su hijo, porque mi vida, hasta ahora sombrÃa y triste, haréis que se mude en bella y deslumbrante. Tomad, Rosamunda. En su nombre, y que ese reverenciado nombre santifique mis pensamientos y mis actos, en su nombre, os digo, aceptad este anillo que ella llevaba cuando era joven. Aceptadlo por el amor de ella y mÃo, y puesto que no me cerráis las puertas en el futuro, que esta joya sea el sÃmbolo de que sois mi prometida, mi santa adorada.