El Castillo de Eppstein

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—Everard, Everard. ¿Estáis seguro?

—Os lo ruego; os lo imploro —repuso Everard.

—Oíd, pues, mis condiciones —continuó Rosamunda.

—Claro que os escucho.

—Si me comprometo con vos, y lo hago de todo corazón, entiendo que seguiréis siendo libre, totalmente libre.

—¡Rosamunda!

—Tal es mi deseo, Everard. Además, aunque conservemos en nuestras almas el recuerdo de esta solemne mañana, jamás volveremos a hablar de ella, y tornaremos a ser lo que éramos ayer, hermano y hermana, y continuaremos con nuestras lecciones y nuestras agradables conversaciones. Nunca volveremos a hablar de amor entre los dos, y aguardaremos, tranquilos y confiados, a los cambios que el tiempo y la Providencia nos traigan.

—Pero, por amor de Dios, ¿no tendrá fin tan dolorosa prueba?

—Dentro de dos años, Everard, el día en que ambos cumplamos veinte años, hablaréis a vuestro padre acerca de vuestras intenciones. Entonces, ya veremos.

—¡Dos años! ¡Dentro de dos años!

—Así es, hermano mío. ¿Aceptáis mi firme e irrevocable decisión?

—Me resignaré a ella, Rosamunda.


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