El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Ponedme, pues, el anillo en el dedo, Everard. Gracias, amigo mío. Desde hoy soy, en mi corazón, vuestra prometida; pero, desde este momento, vuelvo a ser vuestra hermana en mi forma de trataros.
—¡Querida Rosamunda!
—Enseñadme el final de vuestra traducción de Hamlet, Everard.
No es difícil imaginar que, a pesar de la heroica decisión de ambos jóvenes, la lección de aquel día fue más corta de lo normal y sufrió algunas interrupciones. Pero no decayeron en su propósito y, cuando llegó la hora de separarse, habían mantenido la fidelidad a su promesa y a ellos mismos.