El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein XI
Rosamunda estaba alegre y tranquila, feliz. La joven creÃa que, con aquel plazo de tiempo que se habÃan dado, habÃa ganado todo, porque habÃa sabido mantenerse con firmeza entre el amor y el deber, porque habÃa transigido con su pasión, sin dejar por ello de satisfacer a su conciencia. Y no dejaba de repetirse que Dios y Albina también debÃan de estar satisfechos.
—¡Dos años es tanto tiempo! —No dejaba de repetirse—. Para entonces, Everard ya no me amará, pero le habré evitado todo remordimiento. Mientras tanto, le guardaré cerca de mÃ, y si, dentro de dos años, me ama todavÃa… Pero vos sois testigo, Dios mÃo, de que estoy segura de que para entonces ya no me amará.
En cuanto a Everard, se separó de Rosamunda, ahÃto de amor y loco de alegrÃa.
