El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Dos años es poco tiempo —se decÃa—, puesto que la veré todos los dÃas. Emplearé estos dos años de prueba en convencerla de mi amor y de mi cariño. No creo haberme equivocado acerca de lo que mi padre dispuso. Pero lo intentaré, en cualquier caso; haré la prueba. Es una astucia que Dios sabrá perdonarme. Procuraré alarmarle con mis futuros proyectos, y le obligaré a creer que también tengo mis ambiciones. AsÃ, en lugar de encontrarse con legÃtimas exigencias que le asustarÃan, estará encantado de oÃr hablar de un amor que le tranquilizará. Y aunque me lo echará en cara, me dejará hacer lo que quiera. Y Rosamunda, tan orgullosa para aceptarme como noble y poderoso, no me rechazará cuando me vea solo y abandonado. Eso es. Voy a escribir hoy mismo a mi padre, y haré que sus dudas crezcan con palabras vagas y frases retorcidas. Antes, y como paso previo, volveré a leer la carta que escribió hace tiempo a Jonathas, en la que hacÃa renuncia de su autoridad paterna, si yo renunciaba a mis derechos.
Con todo cuidado, Everard conservaba aquella carta en su cuarto del castillo de Eppstein. Asà que, con la cabeza baja y a paso lento, allá se fue, hacia las altas torres de la mansión familiar, mientras daba vueltas a los términos de la carta que iba a escribir al conde. Cuando ya la tenÃa más o menos pergeñada en la cabeza, habÃa llegado a las puertas del castillo.