El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —SÃ; tiene que ser asà —se decÃa—, ésa es la cuerda que hay que tocar. Tengo el éxito casi asegurado, y tengo que hacerlo por carta, puesto que mi padre juró que jamás regresarÃa a Eppstein.
Con estas ideas en la cabeza y con el corazón henchido de alegrÃa, Everard cruzó lentamente el umbral de la puerta principal, cuando, al levantar la cabeza, se encontró ante él, siniestro y altivo, al conde Maximiliano, enlutado. Y un mismo escalofrÃo recorrió las venas de padre e hijo.
El conde Maximiliano pertenecÃa a esa tortuosa y cautelosa raza de polÃticos que consideran que la lÃnea recta es el camino más largo entre dos puntos. Cualquiera que hubiera observado la actitud y el tono que adoptó al saludar a Everard hubiera presentido que aquel diplomático, con sus retorcimientos y perÃfrasis, ocultaba algún propósito que no querÃa descubrir. Hábil y profundo, se notaba que querÃa sondear y estudiar a su hijo antes de pronunciar alguna misteriosa palabra que se guardaba, y que actuaba como un autor dramático en el desarrollo de su argumento.
—¡Monseñor de Eppstein! —murmuró, finalmente, Everard, estupefacto—. Llamadme padre, Everard, y venid a darme un beso, hijo mÃo —replicó el conde.
Everard pareció dudar.