El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —TenÃa mucha prisa por veros —prosiguió Maximiliano—; por eso, he venido tan sólo en cuatro dÃas desde Viena.
—¿Por verme, señor? —balbució Everard—. ¿Habéis regresado para verme?
—Tenéis que pensar, hijo mÃo, que hacÃa ya tres años que no os veÃa, tres años ya, por culpa de las odiosas preocupaciones de la polÃtica, que me retienen en Viena, lejos de vos. Pero permitidme, antes que nada, que os haga un cumplido, Everard. Dejé a un niño entonces, y ahora me encuentro con un hombre. Me encanta vuestro aspecto, tan masculino y apuesto. Al contemplaros tan diferente de cómo erais, mi corazón de padre se siente rebosante de felicidad, de orgullo y de alegrÃa.
—Monseñor —dijo Everard—, si pudiera creeros, yo también me sentirÃa orgulloso y feliz.
Everard no salÃa de su asombro. ¿Era el mismo conde Maximiliano, otrora tan duro y tan cruel, quien ahora le hablaba con tanto cariño, con tanta bondad? Por eso, a pesar de la inocencia de su alma, Everard, iluminado por el instinto del amor, adivinó que le iban a tender una trampa y se mantuvo en guardia. Por su parte, el conde espiaba las impresiones y los pensamientos que revelaba el rostro de su hijo.