El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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Aquella conversión resultaba curiosa: tras tres años sin verse, contemplar a aquel padre y a aquel hijo que se besaban con reparos, que hablaban entre sí con la mayor de las delicadezas. Eran como jugadores o duelistas, con cartas o floretes en la mano, que se miraran a los ojos, al acecho de cualquier movimiento del otro, con tanta palabrería de por medio.

—Pues, sí, Everard —continuó el conde, con el mismo tono fingido y la misma mirada escrutadora—, no os hacéis ni idea de la satisfacción que experimentaba al acercarme a Eppstein, y qué alegría sentía al pensar que iba a volver a ver a un hijo a quien no he tratado mucho, y a quien quizá haya descuidado un poco, pero de quien espero obtener su perdón por este aparente olvido, al hacerle partícipe de las preocupaciones que me obsesionan. En vuestro aislamiento, Everard, y he de deciros que lo deploro profundamente, no habéis tenido acceso a la ciencia contenida en los libros ni al conocimiento del mundo. Pero la educación nunca llega tarde, cuando se cuenta con una naturaleza despierta como la vuestra. Quiero presentaros —prosiguió el conde— al sabio doctor Blazius, a quien he traído conmigo desde Viena para comprobar en qué punto os encontráis y para que adquiráis el nivel de instrucción que necesitáis.


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