El Castillo de Eppstein

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En ese instante, Everard observó cómo asomaba, por una de las puertas del vestíbulo, un hombre alto, delgado y siniestro. Cuando oyó que pronunciaban su nombre, aquel individuo balbució algunas palabras entre las que su futuro alumno no distinguió más que monseñor y dedicación.

—O sea, que ésta es la cosa —pensó Everard—; las salutaciones de mi profesor son tan esclarecedoras como las pamplinas de mi padre. Pretenden saber si, por casualidad, no me habré vuelto peligroso, si soy todavía el niño ignorante e inofensivo de antaño. Ha llegado el momento de sembrar una cierta alarma en sus corazones recelosos, y mostrarles que soy capaz, si fuera preciso, de adelantarme y trastocar sus proyectos.

—Padre —respondió el joven, tras hacer una reverencia—, os agradezco, igual que a este señor, que queráis aportar a un pobre recluso esa ciencia por la que siento verdadera avidez, habida cuenta de que, hasta este momento, no he podido absorber más que una mínima parte de ella.

—Lo lamento, sí —replicó Maximiliano—; es más un reproche dirigido a mí que para vos. Pero es posible reparar tal falta, ¿no es así doctor Blazius?


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